Aprender a los 15: Pedagogía de la excelencia vs pedagogía de la mediocridad

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El 26 de noviembre aparecía en EL PAÍS.com un artículo firmado por Cayetano López, catedrático de la UAM y director adjunto del CIEMAT, que hemos leído gracias a la recomendación de Pedro José. Considera el articulista que a la luz de los informes PISA Y otros similares, ” el sistema educativo español ha sido eficar en dotar de un nivel mínimo a todos los estudiantes de secundaria, con independencia de su procedencia social o terrirtorial, pero muy poco eficaz en estimular a los mejores de ellos”. Parece que nuestra sociedad es poco rigorista y prefiere “la astucia a la inteligencia o el estuerzo” y que “existen fuerzas profundas en la sociedad española que militan en la dirección contraria” a cualquier remedio que pueda ofrecerse desde los centros, actividad o actitudes docentes. Denuncia que se suele jalear al pillo, a quien normalmente llamamos “chaval” en contextos de comprensión y justificación de conductas “juveniles” y “menor” en contextos de negativos para la atenuación de responsabilidad.

No es nuestra intención tergiversar el espíritu del texto escrito por el catedrático de la UAM. Sin embargo nos llama la atención el aparente fatalismo con el que a veces sentenciamos lo que parece inevitable: ” ¿Qué pueden hacer miles de profesores que se esfuerzan en inculcar a sus alumnos el gusto por el saber, o legiones de sesudos expertos ministeriales que debaten cómo mejorar la situación, ante unos minutos de convincente y desenfadada disuasión por parte de personajes públicos admirados por los jóvenes?”

Tal vez la respuesta la apunte el mismo autor cuando al referirse al “envidiable nivel educativo” de Finlandia o Japón, declara que “quizá las mayores diferencias estén fuera de la escuela y no dentro”, tal vez eso es lo que quiere decirnos desde el principio, que nuestra sociedad se ha instalado en la mediocridad. ¿Qué haremos los docentes? ¿Es posible educar para la mediocridad y también para la excelencia?. Alcanzado lo primero, debemos plantearnos lo segundo sin fatalismo ni ingenuidad.

 

 

 

 

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